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Montevideo, que está lleno de situaciones ViDes (Uruguay visto cada tanto, V): secuencias de una tarde en la que todo me hace pensar en refugios

Gabriel Gatti

Montevideo (Uruguay), septiembre de 2022

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Rato después de la entrevista en Radio Pedal presentamos Desaparecidos en la sala Maggiolo, de la Universidad de la República. Conmigo están Marcelo Rossal, Brenda Bogliaccini, Rafael Paternain y Natalia Montealegre; asisten unas 50 personas, de perfiles variados. No veo a nadie que represente a los colectivos de familiares de desaparecidos, pero sí nuevos y viejos PVPs, amigos y amigas, profesiones de la desaparición, gente de ONGs, periodistas jóvenes, algún académico, antiguos MIDES, activistas de movimientos sociales de nuevo cuño, y hay también gente de las nuevas desapariciones. Y en todos y todas esa inquietud tan de allá, tan ViDes, por las tensiones entre sociedad y Estado, por el abandono y la política pública. Me gusta el público.

No tengo ahora distancia suficiente como para sintetizar los puntos de vista que se recogen del libro en los comentarios de Brenda, Marcelo y Rafael. Rafael trabaja sobre el carácter único de la propuesta y lo liga con mucha habilidad a una reflexión sobre los límites y las virtudes de la sociología y con la necesidad política de crear conceptos para pensar mejor el mundo; en esa línea van muchas intervenciones. Es maravilloso Uruguay: el vector integración (Sassen) funciona, no se resignan a aceptar el de expulsión-desaparición. Brenda habla de la necesidad de renovar conceptos, de tejerlos desde debajo, de sostener eso en la contemplación de una evidencia que Uruguay no ve: que nada funciona como funcionó. Y Marcelo liga lo escrito con asuntos poderosos de la antropología, en cuya tradición no es menor el lugar que ocupa la reflexión sobre lo que se resiste al cuento. Me conmovió mucho estar ahí y quedé muy contento con el debate posterior, con la digestión uruguaya del libro y sus asuntos. En ese sentido, Rafael comenta algo muy interesante: que valdría la pena hacer un estudio comparativo sobre cómo se reacciona en cada lugar al libro. En Uruguay, fue con esperanza, demandas de parques, de protecciones, pensando el refugio y el cuidado. Pues sí, me conmueve, aunque a veces irrite. 

Al acabar la presentación estuvimos tomando algo con Marcelo, Natalia, Brenda y Luisina Castelli. No sé muy bien por qué, creo que a través de algún relato de Marcelo, llegamos a la vida en los barrios y a algunos espacios donde alguna gente hacía cosas que ahora no sé reproducir pero que creo que llamaron “achique”, o retirada; venía a significar algo así como zafar por un rato de las miserias de la vida ordinaria, pero sin pretensión de reforma. Era poco, y no era nada curativo: solo habilitar un tiempo y un espacio en donde la vida ordinaria, que está extraordinariamente descangallada, descanse. Un ratito de reanclaje, nada más. Y luego a habitar la mierda de nuevo. Hablaron de varios lugares donde eso ocurría: las ollas, once again; también un centro guiado por un cura en algún barrio popular de Montevideo en el que los chicos del barrio podían retirarse a hacer cosas agradables sin dejar de ser sin embargo chicos del barrio, un clásico del trabajo de la iglesia popular, vaya. Y me llamó la atención —y me pareció muy lúcido que se hiciese—que entre esos lugares para retirarse entrasen las bocas de pasta base, que ya son mierda pero a veces preservan, al menos preservan de la represión. Pero nadie pensó que para retirarse, preservarse, protegerse, refugiarse sirvieran los que se llaman refugios, los del Mides. Cuando pregunté por ellos Natalia, taxativamente, les retiró cualquier valor protector: son una propuesta institucional que clasifica población, que exige horarios, que exige pautas de limpieza, que apunta a la regeneración de la vida de estos muchachos y muchachas pero en términos que no funcionan, pues no regeneran, no rehacen, no sirven. El refugio ya no refugia. Como en El Caracol de México, parecería ahora en Uruguay la cosa ya no se piensa en clave de re-, que no se trata ya de generar las condiciones para sacar a alguien de su espacio y someterlo al buen orden, sino de asumir que aunque parezca que no se puede, ahí se vive. El refugio se hace en el propio cuerpo, el propio espacio, en tu espiral; el refugio es cuerpo habitando la desaparición social. Es eso lo que quise contar en Desaparecidos.