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Reforestación

David Casado-Neira e Iñaki Rubio

Galicia, 18 de Junio de 2023

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El acercamiento a los incendios en Galicia encontró paisajes que muestran las gradaciones de los procesos de reforestación. Buscando hollín y tupidos negros, asistimos a mapas complejos donde los incendios habían dado lugar a distintos estados del después. Tal vez uno espera encontrarse un paisaje angosto y desamparado, y sin duda las imágenes que capta la cámara dan rienda a estos imaginarios apocalípticos y poco prometedores. Sin embargo, la mano del hombre está presente prácticamente desde el principio, expresándose en gestos que tienen que ver con el despeje de la masa forestal (a la vista quedan las huellas que dejan las retroexcavadoras), con la aparición de nuevos brotes programados (reforestación), e incluso con el abandono deliberado de determinadas zonas a la espera de ser a su vez dejadas o intervenidas. Podría decirse que las fotos capturan cronologías estáticas, las posibles piezas que eventualmente servirían para construir un relato de los paisajes incendiarios a través de distintas narrativas que se trenzan antes, durante y después del fenómeno.

Capas, capas, capas, aquí se acumulan los estratos de diferentes formas de modificación del territorio como en el basurero de una excavación arqueológica. Lo que debería ser un proyecto de regeneración forestal, y de vida, se nos revela como una escombrera forestal. Son capas de una materialidad extraña, no son objetos lo que se nos desvelan, sino prácticas que dejan el registro sobre el terreno. No solo el incendio descubre e inicia dinámicas fruto de su propia génesis y extinción, sino que también visibiliza otras que nada tienen que ver con este.

Bajamos por la ladera de O Pico do Boi, desde arriba la vista gana en intensidad. Además de ver en dónde tenemos que ir poniendo los pies para no caer por un cortafuegos de pizarra y esquistos sueltos, podemos fijarnos en el fondo del valle, en las laderas contiguas, y en lo que tenemos a nuestras espaldas cuando hacemos pausas. Es una pendiente que nos hace asombrarnos una vez más por la capacidad de las máquinas y la temeridad de sus conductores (sí, siempre hombres) en estos recorridos que parecen buscar los lugares más inaccesibles para trazar los cortafuegos. A nuestras espaldas, del otro lado del monte cae un kilómetro vertical.

Árboles, quemados, plantones, agujeros para futuros árboles, ante nuestros ojos se muestra toda la secuencia de la reforestación en sus diferentes estadios. Y todos muestran un paisaje de desolación. El monte ofrece una imagen de diferentes parches, cada uno un estadio. La densidad es tal que permite con un simple vistazo hacer todo un recorrido por todos los niveles de evolución de la plantación.

Desde aquí vemos los restos de los viejos cortafuegos y la marca de los nuevos, de las viejas y nuevas pistas de acceso, de los bancales ganados a base de bulldozer sobre las pendientes. El anticipo de una nueva repoblación, de nuevos pinos, de nuevos incendios. Más que en madera esto nos hace pensar en los incendios ya preprogramados. Es en la ausencia de los árboles, el lugar que aún no han ocupado, lo que mejor deja ver sus lógicas. Después, antes de arder, los árboles ocultarán el principio que los rige.

La memoria a la que suele recurrir el conocedor del terreno es mala consejera, pues donde no había nada ahora está atravesado por una pista erosionada que se bifurca sin demasiado sentido. El agua se ha hecho pasó por torrenteras inexistentes años atrás. Los elementos que hacían de guía han desaparecido o están en otro lado. La espesura de algún tramo boscoso aparece pelada y accesible. En fin, en este terreno confuso, retorcido, improvisado se dejan apreciar estéticas de lo abyecto que hacen y deshacen los territorios de interior. ¿Es esto un jardín?