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Jardines y sus desechos (escenas de Sao Paolo, III)

María Martínez

Sao Paulo, 27 de Junio de 2023

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En la Avenida Paulista, frente al Museo de Arte de Sao Paolo (MASP) hay un jardín, Triatlon que Google dice que se llama Tenenta Siqueirra Campos. No es muy grande —dos manzanas—, pero es exuberante. Es Brasil, es vegetación tropical. Aún siendo un jardín de ciudad tiene una frondosidad que no encuentras en los europeos, menos los mediterráneos. El jardín tiene su camino empedrado serpenteante para permitir el paseo. También hay un par de espacios de juegos infantiles, varias fuentes, bancos, e incluso un aviario (no puedo no pensar en mi peque que se interesa mucho últimamente por esos animales). Son en torno a las 11 de la mañana y el jardín está relativamente concurrido: unos pasean (algunos jubilados, otros con su perro y/o paseando perros de otros, incluso algunos hombres de negocio recorren el lugar); unos pocos corren; otros usan las áreas de juego, la mayoría vigilados por nannies racializadas; muchos usan los bancos para descansar un rato (algunos de ellos parecen trabajadores de la zona financiera que es Avenida Paulista). Un refugio feliz.

Se respira armonía. “Pare, pensé, respire” lee un cártel en una de las entradas al parque.

Es un jardín, está ordenado. Se reclama a sí mismo naturaleza o bosque (ver imágenes a continuación), pero no hay nada que salga de su lugar. Es una naturaleza planificada, ordenada. Así, operarios se encargan de limpiar con afán las hojas de los árboles caídas sobre el camino serpenteante. Los columpios y los bancos están hechos de madera, quizás madera proveniente de esos mismos árboles que están plantados con un caos ordenado. Nada está fuera de lugar. Ni los ciudadanos que ocupan el espacio con sus paseos y sus descansos. El jardín está pensado para ellos.

Un par de cuadras más adelante hay otro jardín, Parque Prefeito Mario Covas me dirá Google Maps. Es mucho más pequeño, sin juegos de niños, ni aviario, pero con bancos para descansar y mesas para comer, alguna fuente también. También una oficina de turismo de la ciudad. Y, como no, algunos ciudadanos que lo usan para descansar, incluso para almorzar.

Ambos jardines, como muchos en otras ciudades (ver esta viñeta de Gabriel Gatti sobre París), tienen verjas que los separan de la calle y que permiten ser cerrados por la noche. En efecto, los jardines abren a la mañana y cierran a la tarde, al caer el sol. Junto a las verjas de estos dos jardines, numerosas tiendas de campaña —algunas auto-fabricadas— están instaladas. No sé si dentro hay alguien o ya se despertó y fue a otros quehaceres. La imagen es impactante por masiva. En torno al primer parque cuento más de 15 tiendas, casi 10 en torno al primero mucho más pequeño.

Los cuerpos que ocupan previsiblemente esas tiendas y los que quedan tirados (imagen de la segunda línea a la derecha) en torno al jardín son sus desechos. El jardín los produjo. Como dice Gatti, son producto de la “razón jardinera” (en esta viñeta además de en muchos de sus trabajos); o del “principio de ordenamiento” como dice Clement (p. 12). Ninguno de esos cuerpos estaba presente dentro el primer jardín, sí uno o dos en el segundo (ver última imagen). Saben que no es su lugar, romperían el orden, la armonía. De una de esas tiendas salen, justo cuando llego al jardín, dos varones. Uno de ellos lanza algo al otro lado de la valla, al interior del jardín. No veo lo que es y no consigo localizarlo cuando entro. Igual buscan ocultar algún objeto y hacen uso de la frondosidad del jardín para ello —yo intento buscarlo, pero no consigo localizarlo cuando entro—. Es una transgresión, en cualquier caso, un intento de hacer parte de un espacio que, con su valla y su orden, los expulsó.

Los desechos del jardín son, sin embargo, del jardín porque son su producto. Pero son también el producto de otro orden y de su producción de restos: el de la ciudad de Sao Paulo que, como muchas ciudades latinoamericanas siguieron, en su zona financiera como es esta, la “razón jardinera” para su construcción. Calles ordenadas, quizás no todas en línea recta, pero de un urbanismo bien planificado. De ahí la ubicación de estos cuerpos justo en ese lugar, en el espacio que no es espacio, entre los dos “jardines” que los expulsaron: el del jardín mismo y el de la ciudad-jardín. Viven en ese espacio fronterizo que no es ni espacio; no pertenecen a ninguno. Aunque su cuerpo y sus tiendas ocupan algo del territorio del segundo (la ciudad), no son parte de él; han quedado fuera de la esfera de aparición. Nadie los mira, nadie los ve. Están y no están al tiempo.

A la tarde voy con Carla Campos (doctoranda de Cynthia) a conocer una ONG que trabaja con “mujeres en situación de prostitución”. La organización se llama Mulheres da Luz. El nombre es menos poético de lo que parece: trabajan con las prostitutas del Parque-Jardin da Luz en el barrio del mismo nombre que es parte del centro histórico de Sao Paulo. Es una zona degradada, aunque conserva grandes edificios históricos bien cuidados como la Estació da Luz que se encuentra frente al jardín, o la Pinacoteca de Sao Paulo en su costado derecho.

El jardín está, como los otros que he visitado hoy, rodeado de verjas. En este caso, toda la parte delantera de la verja, donde está el acceso principal al jardín, está ocupada por tiendas autofabricas para pasar la noche y el día. Eso al lado izquierdo; al derecho, algunos cuerpos bajo mantas directamente sobre los adoquines. Sao Paulo y su intensidad (ver esta viñeta).

Este jardín no es tan frondoso como el primero (Triatlon), pero aún así tiene mucha vegetación y árboles. Y está muy concurrido. Unas pocas personas caminan, otras descansan en los bancos, muchas —todas mujeres— ahí paradas, de pie; son las prostitutas. No se puede saber si todas, claro. Algunas de esas mujeres paradas conversan con algún hombre, igual negocian la tarifa. Como en la escena que se ve en la siguiente imagen (fijarse en el banco a la izquierda): una mujer —parece trans, aunque luego nos dirán que aquí la mayoría de prostitutas son cis—, conversa con un hombre muy mayor. ¿Será prostituta? La duda persiste.

Este jardín funciona siguiendo al tiempo la “razón jardinera”, la del orden, y la “razón de la plantación”: un espacio reservado a un servicio. La oferta es numerosa: entre 200 y 300 mujeres ejercen en ese lugar según la ONG que visitaremos más tarde. Quizás podemos pensar el jardín también como Tercer paisaje que es, a decir de Gilles Clement, “un territorio para las numerosas especies que no encuentran un lugar en otras partes.” (p. 16). Aquí las prostitutas encontraron su territorio; o fueron expulsadas a él para sacarlas de otros que no les eran propios. Es su refugio al tiempo que su lugar de encierro. Allí se les permite no ejercer prostitución, pero sí encontrar su clientela durante el tiempo que el jardín está abierto. Pero ese espacio —ese tercer paisaje— parece bloqueado para los cuerpos que se amontonan contra la verja que lo rodea. ¿Por qué no pueden entrar? ¿Por qué no ofrecen ningún servicio? ¿Cuál es su refugio (si es que lo tienen)?

Tras la entrevista con la ONG Mulheres da Luz que tiene su sede dentro del jardín, salimos hacia la plaza de la República. Vamos Carla y yo acompañadas por Anna que es la persona de la ONG que nos ha recibido y que es colega de Carla. Recorremos cerca de un kilómetro y medio. Empezamos atravesando la estación de tren. El lugar está muy limpio, lo que contrasta con la degradación y suciedad de la zona. Y aunque podría servir de refugio para muchos de esos cuerpos frente al jardín, sólo se ve a quiénes hacen uso de los trenes que allí llegan o que de allí parten, o a quienes atraviesan la estación con el mismo propósito que nosotras (ir de un lugar a otro). Salimos por la parte trasera de la estación y tomamos una calle bastante comercial y concurrida —la Avenida Cásper Libero me informa Google maps—. En esos primeros metros, Anna nos señala varios de los hoteles donde dan el servicio las prostitutas del parque; en la puerta de algunos de esos hoteles varias mujeres esperan. Hago el recorrido algo inquieta. Carla y Anna vigilan constantemente sus mochilas agarrándolas con sus brazos y se posicionan en los momentos en los que nos paramos (semáforos) de tal manera que puedan controlar quién se acerca. En el recorrido se mezclan quienes van o vienen del trabajo con esos que intentan sacar algo de las mochilas y también con algunos cuerpos que parecen deambulan sin propósito ni destino. Más allá que acá.

Llegamos a la plaza de la República. Hemos quedado dentro de la parada del metro con una prostituta que conoce Carla para entrevistarla y hacer un recorrido con ella por otros lugares de prostitución. La plaza es un espacio abierto —esto es, parece más parque o plaza que jardín (protegido)—. Tiene vegetación, por supuesto, algunos bancos e incluso un laguito en el que no consigo ver si aún vive algún animalito; está muy sucio, lleno de basura. Algunas personas pasean por la plaza, otras descansan en los bancos o sobre la hierba. Al carecer de verja, esos ciudadanos que descansan o pasean conviven con quiénes habían sido expulsados de los otros jardines que ocupan también los bancos, incluso hay una tienda de campaña instalada en el centro. ¿Dónde queda el jardín y dónde sus restos?

A un costado del parque veo un camión con las puertas abiertas. Varios hombres que llevan uniforme (una camiseta igual) instalan un quiosco portátil y unas mesas. Tras ellos se está formando ya una fila de unas 30 ó 40 personas, la mayoría hombres. Carla y Anna me explican que es un programa de reparto de comida del Estado de Sao Paulo —¡por fin el Estado aparece por algún lugar, casi no lo ha hecho en estos tres días que llevo aquí!—. Ha cambio de 1 real se les da una comida caliente.

Entramos al metro a recoger al contacto de Carla. Tenemos unos minutos de espera. Dos hombres, claramente de esos que viven en la calle, se acercan a nosotras. El primero bromea (no entiendo todo lo que dice, pero parece amable). Nos pregunta cómo nos llamamos; incluso canta una canción al oír mi nombre. A nosotras no se nos ocurre devolverle la pregunta. En la ciudad el nombre no importa, el suyo aún menos. El segundo se nos aproxima cuando un chico boliviano nos está pidiendo indicaciones del metro. Intenta también ayudar, pero confunde más la cosa. Al irse me da un golpe en el hombro. Ambos hablan, y ambos parecen querer hablar.

Salimos del metro para hacer el recorrido previsto y luego la entrevista. La cola que se estaba formando frente al quisco para buscar comida ha aumentado considerablemente (habrá más de 150 personas). Otro camión ha llegado y está instalando una estructura similar a sólo unos metros; tras él ya se está formando también una cola. Ambas colas están bien ordenadas, también lo es la espera. ¿Quiénes son estos demandantes de comida a 1 real? ¿Serán los muchos cuerpos que he visto a lo largo del día? ¿O serán los que hacen uso de instalaciones estatales (refugios) para personas sin hogar que no he conocido en este viaje y que asumo que existen? ¿Es este reparto su refugio efímero del día, el que les permite aparecer aunque sea por un segundo?